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| A las 5.30 horas es cuando las ciudades dejan de ser ciudades habitadas y se convierten en pura y simple arquitectura. La silueta humana ha desaparecido, a las palomas les cuesta volar en la oscuridad y los gatos policías se han declarado en huelga. A veces, la luz verde de un taxi libre nos recuerda que se acerca la aurora y que, no por ser lunes, hay que dejar de trabajar.
En las cercanías de la estación de Sants convergen unos pocos coches y algunas motos ateridas. Los pasajeros no se dicen nada, porque a esas horas las palabras han sido robadas al sueño y la soledad se nos ha enroscado en los tobillos. La estación de Barcelona Sants es un palimpsesto de la arquitectura, un documento sobre el que todavía se están escribiendo volúmenes nuevos. En las puertas de la estación gente con la mirada perdida apura el cigarrillo prohibido en el interior. Esperan la hora en la que se perderán entre los andenes, todos con el rostro mirando hacia las luces misteriosas que dan al túnel el carácter de enorme serpiente del tiempo.
A esas horas el gran café Ars está cerrado, pero hay una pequeña barra que acoge a los viajeros madrugadores. Un café balsámico es la bebida estrella como si fuera el elixir que nos lleva de nuevo al mundo de los vivos. Somos 15 personas agarradas al café y la mirada perdida en un vacío que acaba allí mismo. Como caminantes en el bulevar de los sueños rotos, todos deben pensar que esas no son horas de ir por el mundo. En el exterior, los grandes edificios de Numància o Tarragona van viendo sus ventanas jaspeadas por luces trémulas de gente que intenta domesticar el quejido del agua de las duchas. A pesar de que la radio está a punto de hablar de los ganadores de los Goya, en la estación de Sants se vive el pequeño drama de lo cotidiano. Los periódicos han llegado al bazar que se abre a la izquierda, pero son pocos los que se refugian en sus páginas. No en vano la vida se ha acelerado y las noticias de hoy ya fueron analizadas ayer.
Hay pocos trabajadores, curiosamente, tan amables como los expendedores de billetes de una gran estación. Saben que lo suyo ya no se lleva y que su empresa va diezmando a la plantilla. El billete electrónico se impone. Incluso es más caro llegar y pedir un billete que imprimirlo en casa de la web ferroviaria. El gran vestíbulo nocturno solo se ve atronado por ruedas de trolleys, esas maletas de las que se tira como un perro San Bernardo con su barrilete de esperanzas.
Toneladas a 300 por hora
Curiosamente solo las líneas de largo recorrido tienen un detector de infaustos mecanismos terroristas. Los trenes de proximidad parecen mucho más inocentes. Una chica que va a la Universitat de Lleida me dice que ella coge el Avant y no el AVE. Con el carnet de familia numerosa cuesta unos 12 euros. El AVE hasta Lleida-Pirineus en turista supera por poco los 50. «¿Y el tiempo del trayecto?», le pregunto. «Casi nada. Diez minutos más con el Avant. A veces incluso menos». Un hombre impecablemente trajeado se dispone a ir a Madrid. Llegará a primera hora de su jornada laboral. «¿No es mejor ir en avión?» Y él responde que el avión le da miedo. «El avión no es natural, ¿entiende?' Y me quedo dudando sobre si una burrada de toneladas lineales circulando a casi 300 kilómetros por hora sobre dos raíles es el sistema más natural del mundo.
Poco a poco la estación de Sants recupera la normalidad. Llegan los guardias urbanos y se abren los primeros talonarios de multas. Eso también es de lo más natural. Las siluetas humanas siguen resucitando llevándose un café a los labios y se introducen en las tripas de la estación solo para comprobar que a menudo la vía férrea es la línea más dulce entre dos puntos.
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